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Home Año7 2002 Boletin 151
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Boletin 151 4

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
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PAGINA 4

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Siete No. 151
2a Quincena de septiembre de 2002
Fam. González De la Vega

CÓMO ESTUVO LA COSA (1 de 3)
Derechos Reservados. Septiembre de 2002
D.R. © José Luis González Córdova

wjoseluis

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Era una noche de mayo, el reloj acababa de dar las nueve y hacía un calor de esos que atormentan la tierra, desatándole una sed insaciable. A pesar de que en la colonia “Mesilla del municipio de Tzimol” corre fuerte viento, todo estaba quieto, las flores de los cañaverales casi no se movían, los chuchos no ladraban, el latido de la cascada “El Chiflón” se oía a lo lejos, con acento de presagio.

Don Chencho, como los lugareños conocían a Don Crecencio Martínez, hombre de aproximadamente cincuenta años, acababa de destapar la segunda cerveza y la tomaba a boca de botella, cuando la puerta de la pequeña cantina se abrió de golpe, apareciendo el temido Teófilo Santiago: tzapo, renegrido, gordinflón, con la frente estrecha y choroco; en realidad no era un hombre que se pudiera decir perseguido de las mujeres. Tenía fama de pendenciero y bravucón, razón por la cual las damas de aquella pequeña colonia se escurrían de miedo; no respetaba nada ni nadie, lo mismo le daba casadas, solteras, altas, chaparras, jóvenes, viejas, ricas o pobres; cuando le echaba el ojo a una no se le escapaba, por la buena o por la mala. Los hombres creían que lo mejor era hacerse los disimulados ante las descaradas provocaciones de Teófilo, preferían no dar importancia ni buscar interpretación a los comentarios con jiribilla que lanzaba.

Era un hombre irritable, de esos que en las mañanas se miran al espejo y se mientan la madre. Le molestaba mucho que la gente se le quedara mirando; cuando alguien tenía la osadía de hacerlo, de inmediato en sus ojos se notaba el deseo feroz de agredir y brotaban de sus labios borbotones de palabras preñadas de intención dolosa; por ese modo de ser tan fiero que tenía: hiriente, altivo, agresivo, se había ganado el desprecio de aquella pequeña comunidad. Cuando andaba de parranda, que era muy frecuente, las cosas se ponían peor; en la cantina se oía la música que a él le gustaba y se reía con los chistes llenos de vulgaridad y sin gracia que contaba. Era temido y se aprovechaba de esa situación. Desde muy chico se había dedicado a conseguir las cosas a como diera lugar. Sabía perfectamente que no tenía ninguna posibilidad si intentaba persuadir, parecer insinuante o hacerla de conquistador. Era mucho más fácil vomitar la agresión mezquina y babeante; demostrar su habilidad en el manejo del cuchillo le dejaba de inmediato buenos dividendos, pues quedaba por encima de los demás.

Sin pedir permiso se sentó en la mesa de don Chencho y a boca de jarro le dijo: -estimado señor, vengo a decirle que me gusta mucho su hija y que me la voy a llevar pa’ mi rancho, esa hembra necesita un hombre como yo, que la domine y la amanse. Cuando se me haya pasado el gusto, pos hay se la regreso; así que se lo estoy anticipando pa’ que no intente nada, no vaya ser que le pase un accidente a usté-.

Ciertamente don Chencho era el padre de la flor más bella del ejido, su hija era una mujer menudita que lucía unos hermosos ojos negros y ardientes; llamaba la atención por las chulas piernas que tenía y que le perfilaban ciertas redondeces que hacían suspirar a más de uno; sospechaba que Teófilo algo tramaba, porque en más de una ocasión ella había sentido su mirada recorriéndole todo el cuerpo por detrás; cuando pasaba junto a él, de reojo observaba la cara babeante que inspiraba miedo. Desde entonces ella no quería salir de su casa; sabía que ese mal hombre estaba al acecho, esperando una oportunidad para saciar sus negras intenciones.

Don Chencho se le quedó mirando, tranquilo y sereno como veía a todos; tomó otro sorbo de cerveza y le dijo: -mirá Teófilo yo soy hombre de paz, no me gusta el pleito, pero una cosa si te digo, si de aquí en adelante veo que estás rondando mi casa, te juro que te mato-. Ese era el pretexto que el traidor estaba esperando, sacando una pistola le apuntó al pecho y le dijo, pos a ver si te atrevés, porque de todas maneras me la voy a llevar, así que ya bajále los humos a tu hija, que se cree la divina envuelta en “guevo”, porque si no se los voy a bajar yo. Vos sabés, todas las viejas son iguales, les gusta que les...

Pero ya no alcanzó a terminar, el guamazo pasó silbando y chocó estrepitosamente en la boca de Teófilo, que fue lanzado hacía atrás cayendo con violencia. Quiso incorporarse, pero las piernas le flaquearon, los ojos se le nublaron y sintió correr la sangre caliente por su quijada, sacudió la cabeza y de un salto se incorporó ya con la pistola en la mano, pero un nuevo golpe volvió a derribarlo, esta vez las piernas no le aguantaron y quedo tendido en el suelo entre sorprendido y furioso; aun así amenazó, -te vas a morir jijo de la. . .- ! Una patada le cerró la trompa.

Don Chencho terminó de tomar su cerveza y abandonó la cantina con la misma parsimonia que lo caracterizaba al caminar. Los parroquianos, uno a uno fueron saliendo. Estaban seguros que esa era la última vez que habían visto con vida a don Chencho.

wviejo


>>> Continuará en el próximo boletín

 
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