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Home Año7 2002 Boletin 148
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Boletin 148 4

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
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PAGINA 4

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Siete No. 148
1a Quincena de agosto de 2002
Fam. González De la Vega

RECUERDOS DE TIO LENCHO (1 de 2)
Derechos Reservados. Agosto de 2002
D.R. © José Luis González Córdova

wjoseluis

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Desde que abrí la puerta de calle para entrar a la casa, pude ver la figura de tío Lencho sentado en su acostumbrado butac; envidié esa tranquilidad con la que tomaba el sol además de estarse meciendo la escasa pelambrera blanca que tenía en la chirimoya. En realidad por él es que conozco el enorme placer que causa rascarse la cabeza. Nada como esa irresistible sensación que produce el pasarse los dedos por la mollera. Este deleite puede sentirse a cualquier hora del día, siempre y cuando se esté relajado y no tenga uno preocupaciones. Se trata de una ceremonia muy sencilla, cuya única dificultad radica en dejar que los dedos divaguen cadenciosamente algunos minutos por toda la tzola, hasta llegar a sentir ese cosquilleo rico y relajante que hace dormir. Rascarse la cabeza tiene su chiste; a la vez que los dedos inician la danza cadenciosa, también deben ejercer cierta presión afanosa, incisiva, pendular; un verdadero acto de paciencia donde la mano entabla una conversación hecha de gestos dactilares. Sin apetitos, sin dudas, sin urgencias, en esos momentos sólo se debe rascar. Si esta actividad lo ve una persona que nunca a sentido este disfrute, es muy posible que a sus ojos parezca un acto de aburrimiento, desidia o flojera. Por eso se recomienda que no haya testigos: rascarse la cabeza es un placer que sólo concierne a uno.

Pues en esta deliciosa actividad de hacerse piojito se encontraba tío Lencho; y yo, por no dejar, le pregunté: ¿qué está haciendo tío? Aquí nomás, removiéndome las ideas. Recordando que las más grandes pendejadas que hice en mi vida, se me ocurrieron mientras me rascaba la cabeza. ¿Como cuáles tío? Pucha, si yo te contara ni me lo ibas a creer, pero como sos muy alebrestado ahí te va: hace ya algunos ayeres, cuando era muchachoncito, recién me había entrado la primavera y ya estaba floreando el tenocté, empezaba yo a sentir esa resmolición y ese desasosiego que sentimos los hombres cuando ya queremos soltarnos las riendas para ir a conocer mundo. Todos sabemos que es una época de múltiples contradicciones; nos sentimos soñados, pero el espejo nos regresa a la realidad: nariz chibola, cachetes llenos de barros y la calabazota rancia y reluciente de brillantina. A las mujeres sólo las veía yo en sueños. Eran seres impalpables, desconocidas, deseadas. El cuerpo atrabancado está que se le quema la miel, a toda hora se siente armonía y por la arrechura no sabemos qué hacer ya con el bibish.

Allá por el barrio de la Pila había una muchacha no muy bonita, que por dinero intentaba curar todo el turbulento oleaje de pasiones que se acumulaba en el ser de los jóvenes de aquella época, no se cómo se llamaba, sólo recuerdo que le decíamos “la paloma”; no podía visitarla con la frecuencia que mis inquietudes exigían, ya que el costo económico era alto, aunque a decir verdad una que otra vez nos daba fiado. Ella nos enseñaba tanto que la considerábamos nuestra maestra. Además fue el primer contacto que tuvimos con la democracia, pues se entregaba a todos por igual. La queríamos tanto, que hasta le propusimos que jugara para presidenta municipal. Aunque las señoras de sociedad no la quisieran y el cura la acusara desde el púlpito, nadie hacía tanto por nosotros como lo hacía la paloma, ella empapaba de calma mis angustias, tranquilizaba el polvorín que tenía por corazón, dejaba en libertad el cerebro lleno de pájaros locos y enfriaba una carne que se consumía ardiendo como una brasa.

En casa no había mucho quehacer. Mi madre, que no era una anciana, no se quitó el luto desde que se murió su último marido, porque has de saber que ella se casó tres veces y enviudó muy pronto en cada ocasión; a mí me tuvo saliendo de los 16 y entrando en los 17 años. Cada esposo le heredó algo y así entre los tres le solventaron sus necesidades económicas de su viudez. Ella dedicaba su tiempo a cuidar las flores de su jardín, a rezarle a los santos y a cuidar de sus animalitos domésticos. Mi nana Chena se encargaba de la cocina, del mercado y de cuidarme. Pero había otra mujer en la casa, se llamaba Zoila, ella tenía quizá cuatro o cinco años menos que mi madre, era joven pero yo la veía igual de grande. No se quedaba a dormir en la casa, pero llegaba todos los días. Su principal actividad era platicar con mi madre y traerle todo tipo de noticias de la calle, chismes de comadres entre los quedaban incluidos los conocidos que se morían o se casaban.

Con Zoila no nos podíamos ver, quizá la soportaba porque cumplía su trabajo a la perfección, pero me era totalmente indiferente. Cuando teníamos algún altercado me regañaba o decía: -te voy a acusar con tu madre-, esa libertad se la daba el haber sido amiga de infancia, inmediatamente mi madre me reprendía recordándome que ella era una mujer mayor y merecía respeto. Yo la miraba entrar todos los días a nuestra casa, barriendo el suelo con los holanes de su vestido almidonado, y después de doblar su velo escrupulosamente, poníase a trabajar lo mismo que mi madre.

Pero un buen día del mes de mayo, caluroso como pocos, la lluvia no cesaba de caer con ruido ensordecedor. El albañal a duras penas podía desaguar la imprevista corriente, las ramas de los árboles se somataban unas contra otras; hasta el chucho se encontraba debajo de la cama.

>>> Continuará y terminará en el próximo boletín

 
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