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Home Año7 2002 Boletin 147
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Boletin 147 4

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
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PAGINA 4

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Siete No. 147
2a Quincena de julio de 2002
Fam. González De la Vega

DON EULALIO
Derechos Reservados. Agosto de 2002
D.R. © José Luis González Córdova

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Las puertas poco a poco se fueron cerrando con su clásico rechinar, en ese momento los vecinos comentaron, “ya son las siete”. En efecto, esa exactitud sólo lo tenía don Eulalio, que era jefe de la oficina de telégrafos nacionales.

Don Eulalio, igual que todos los jueves, salió de la oficina, que también era su casa, y se encaminó al billar “El Fronterizo”, a esa hora se encontraba engalanado y pletórico de jugadores y uno que otro bebedor, que era entonces, el lugar obligado de encuentro con los amigos. Y si bien, en esas reuniones no se arreglaba el mundo, al menos todos tenían derecho a exponer sus ideas se tuviese o no la razón; los temas menudeaban de religión, de política, de hazañas revolucionarias y de uno que otro chismesillo local.

Aquellas juntas con sus mismos incidentes y sus minucias de siempre, habían creado un hábito tan arraigado, que aunque lloviera, tronara o relampagueara se debía asistir; el día que alguno faltaba, se le suponía con alguna enfermedad grave que le impedía llegar a la cita. Generalmente don Eulalio hacía las funciones de moderador, para que la plática informal tuviera por decirlo así, un orden.

Cuando don Eulalio llegó al billar, ya se encontraban allí las personalidades del pueblo, el médico, el zapatero, el boticario, el comerciante, el ranchero; y ya discutían acaloradamente una extraña mescolanza entre política y revolución; que si los huertistas demostraron en el fuerte tal la convicción de su impotencia para sobornar al débil campesino; que sí el ultimátum de Zapata enardeció al ejercito federal; que en Zacatecas hubo un potente choque de las masas populares con el poder constitucionalista. Total que con frecuencia se arrebataban la palabra, para narrar un lance revolucionario y lo hacían con tanta vehemencia y convicción que parecía que el mismo narrador lo había presenciado o había sido el caudillo de esa acción. El realismo era tal, que casi, casi podía escucharse el trepidar de la metralla, respirarse el olor de la pólvora de los fusiles y escucharse el llanto angustiado de las soldaderas. Se sentían reencarnados en los dorados de Villa, en los soldados federales; sus personajes eran héroes anónimos, dignos de ser reconocidos por la historia.

Tan absortos estaban en la plática, que no se percataron de la presencia de don Eulalio; y éste, a su vez, se lamentó haber llegado un poco tarde, pues el tono de la plática indicaba que ya se había recorrido un buen tramo de historia, y sería difícil entrar en el ritmo de la conversación. El relojero que entendía un poco de telegrafía, porque en algún tiempo de su vida estuvo como meritorio aprendiendo el tiqui tiqui de la clave Morse y que también acababa de llegar, no había tenido chance de intervenir en aquella vorágine de palabras, dijo en voz alta, más con la finalidad de interrumpir que para darle la bienvenida a don Eulalio: -buenas noches don Eulalio- ¿muchos telegramas? -ah, si- ¿y qué dicen de nuevo? -Hombre, no me pregunte eso, que usted bien sabe que he jurado guardar el secreto profesional.- Pero se acuerdasté del mensajero aquel que le dijo a una señora: “hora si doña Toñita, no hay nada para usté, pero hay se bañasté porque hoy va a regresar su marido”.

Después de haber estrechado las manos de todos, don Eulalio tomó asiento, dispuesto a asumir su papel ya que, a su entender, por lo revoltijiado de las intervenciones, creía que esa plática no podía continuar sin orden, sin darle el tiempo suficiente a cada platicador. Aunque en una ocasión, a alguien que tardaba en concluir su narración, le anunció que sólo tenía diez minutos para cerrar. Éste lo acusó de tirano, por coartarle el derecho a la libre expresión y se fue refunfuñando. Total que sin darle mucha importancia a ese penoso episodio, todos siguieron respetando su autoridad, incluido el enojón. Por eso en esta ocasión, como tantas otras, don Eulalio se sentó, no sin antes haber pedido al dueño del billar una copita de comiteco.

Con la determinación de darle fin a la interrupción y continuar con el mismo tema de la plática, don Eulalio dijo: -Fíjense que allá en mi natal Jaltipán, Veracruz me inicié como telegrafista de la revolución en lo más cruento de la contienda, y siempre corría uno el peligro de ser fusilado, dependiendo del bando que tomara la plaza. En una ocasión entraron jubilosos los rebeldes, disparando al aire sus fusiles y echando mentadas de madre por doquier, mientras los vencidos soldados de la guarnición se escurrían por la retaguardia.

Un guarachudo que ya había hecho muchos intentos infructuosos antes de tomar la plaza y que se hacía llamar coronel, llamó la atención de los lugareños porque no ordenó el clásico saqueo a las casas de los ricos del pueblo, sino que se fue derechito al templo principal, al que entró con todo y caballo, seguido de su estado mayor. Esta profanación no tenía precedentes en la historia del lugar, se bajó de su hermoso retinto y haciendo sonar escandalosamente sus espuelas, se plantó de jarras frente al milagroso santo del lugar, cuyas ropas estaban repletas de milagritos, corazoncitos, palomas, manos y piernas de oro y plata.

Ante el estupor de la feligresía que se encontraba en ese momento y el espanto de la tropa, ordenó: órale capitán, forme un pelotón y fusílenme tres veces a ese santito. El capitán vio con ojos perplejos a sus hombres y no tuvo más remedio que obedecer la orden de su coronel. El santo quedó en lamentables e irreconocibles condiciones después de tanto mauserazo. Una vez consumada la orden, el coronel ordenó la retirada, no sin antes decir que nadie levantara nada del suelo.

Los jaltipenses se sintieron derrotados al ver muerto al santo de su devoción, fue tanta su impotencia y su coraje, que de inmediato mandaron mensajes de protesta y de súplica al jefe máximo de la rebelión, que se encontraba acuartelado en Xalapa, le explicaban que habían sido humillados y golpeados en su fe.

El jefe rebelde llamó la atención del coronel diciéndole: “Enterado atropello santo pueblo, ordénole respete creencias, rinda informe acciones de guerra”. El coronel se dirigió a la oficina de telégrafos y me dictó, ya que en ese momento era yo el telegrafista de la plaza, el siguiente informe:

“Fusilé al santo, en virtud de que me llevó muchos días tomar la plaza, y ese santito se dedicaba a hacer milagros a los enemigos de la causa”. Ya no hubo contestación.

La risa no se hizo esperar. Siguieron otras y otras anécdotas, hasta que la noche se hizo vieja, y ya todos medios jaís, se fueron para su casa, empezando desde ese momento a contar los días que faltaban para que fuera otra vez jueves.

 
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