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Home Año7 2002 Boletin 146
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Boletin 146 4

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
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PAGINA 4

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Siete No. 146
1a Quincena de julio de 2002
Fam. González De la Vega

UNO DE TANTOS
Derechos Reservados. Julio de 2002
D.R. © José Luis González Córdova

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San Caralampio en el Barrio de La Pila

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Candelario nació en un hogar todo pishcul. Su padrastro, era más bien un almastrote de esos que estorban y uno no sabe dónde ponerlo, un verdadero incordio. Su madre tenía otros cinco hijos al parecer todos de padres diferentes. La casa se componía de dos recámaras, una cocina que la hacía de comedor y sala a la vez, y un escusado de hoyo. El nacimiento de Candelario había sido más bien producto del infortunio y del accidente, por lo tanto, él nunca tuvo los cuidados propios de un recién nacido; no hubo escarpines, ni juguetes que llamaran su atención, nunca escuchó cantos de cuna y mucho menos recibió una caricia; su único alimento fue el seno materno y atolitos de masa.

Pronto empezó a gatear y así perdió toda posibilidad de ser abrazado, por eso siempre se le vio rodar por las habitaciones de aquella sombría casa, sin que nadie le prestase atención ni cuidados. A veces llorar no le servía de ningún consuelo, lo hacía cuando tenía hambre o algún dolor, que las más de las veces era de panza, porque siempre estaba llena de lombrices, por lo tanto, llorar más bien le reportaba algunos golpes y malos tratos; siempre era lo mismo; sus lugares favoritos para dormir eran debajo de una cama o detrás de las puertas.

Aprendió a caminar sin saber cómo, pero sí cuando... cuando en su cabeza ya no cabían más chibolas de tanto darse ranazos. También se le bautizó de manera muy sencilla; desde luego, no hubieron invitaciones, tamales y por supuesto tampoco hubieron padrinos.

Porque la vida es así de canija, Candelario creció todo cimarrón; por los asientos y deposiciones su cuerpo era un tapesco, y no porque fuera dialtiro destragado; era pashtudo y con ojos chelones; y, para acabarla de amolar, era fiero y negro como la noche en que se perdió el cuch. Se le envió a la escuela, lugar al que de alguna manera le gustaba ir, pero hasta ahí le perseguía la mala suerte. Con mucha frecuencia el maestro lo reprendía sin tener razón. En el salón había otros niños con bajas calificaciones; a ellos el profesor les hablaba con palabras de aliento; en cambio a Candelario se le reprochaba que todo lo hiciera al trochis mochis, calash y sin gracia. Por todo y nada se le repetía que él era el más ilaguilé de la clase.

Un día al salir de la escuela, escuchó que unos chiquitíos embelequeros iban a ir a los sitios a robar jocotes de corona. Él nunca había hecho una cosa así, pero en esa ocasión sintió un fuerte deseo de embarcarse en esa aventura, por lo que decidió acompañar a la parvada de indizuelos. Pronto llegaron a un sitio del barrio de los Zanjones, vieron los árboles llenos de jocotes y tramaron el plan a seguir: que Candelario se suba porque es el más secarrón, dijeron. Candelario aceptó creyendo que le daban el lugar de honor en esa odisea, por lo que sintió cierto cariño por esos niños. Pronto se encontró cortando sazones y jugosos jocotes, pero uno de los chicos quiso derribar un jocote con una piedra; la lanzó con tan mala puntería, que la piedra fue a dar justo en la cabeza de Candelario, que en el acto hizo pongoch. Afortunadamente no pasó a mayores el accidente. Pero cuando regresó a su casa no fue muy bien recibido que digamos, su mamá le curó las heridas en medio de una lluvia de coshquetes, recriminándosele que eso le pasaba por malcriado y pendenciero. Candelario no decía nada, porque él era bueno como la miel, su corazón era un pumpo de buenas intenciones que a todos sonreía dulcemente.

Un día Candelario se encontró con la noticia de que tenía quince años y que ya no iría más a la escuela; miró en el espejo su cara llena de shutunal, cacarizo y nariz chibola; además de que ya era justo el tiempo para empezar a trabajar y aportar dinero a la casa. El padrastro en turno le consiguió un trabajo de dependiente en una zapatería del centro de la ciudad. Candelario no sintió tristeza ni alegría por esto, porque era un chico bueno, acostumbrado a callar y aceptar lo que sus mayores decidieran para él.

Una noche tuvo un sueño muy raro, soñó que iba por un camino desconocido y que una voz salida de la nada le decía: Candelario debés abandonar tu casa para ir en busca del saber. Al amanecer, Candelario oró largos minutos frente a una imagen desteñida de San Caralampio, derramó cristalinas lágrimas infantiles y elevó plegarias fervorosas.

Por primera vez en su vida, Candelario sintió la necesidad de tomar una decisión propia. Levantó los ojos rogando al Santo Mártir del Barrio de la Pila, que le diera las fuerzas suficientes para ir en busca de su sueño. Lo único que sintió, fue que su corazón empezó a palpitar muy fuerte, y le dieron calambres en el mushuc; creyó que esa era la señal, e inició el camino.

Eso fue hace veinte años, hoy Candelario es un prominente hombre de negocios en la capital del estado, y cada feria de febrero llega de rodillas al altar, y con devoción da gracias al Santo por haberle enviado aquel sueño.

 
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