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Home Año7 2002 Boletin 146
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Boletin 146 3

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
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PAGINA 3

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Siete No. 146
1a Quincena de julio de 2002
Fam. González De la Vega

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RECUERDOS DE COMITÁN DEL SIGLO XIX
Derechos Reservados. Julio de 2002
D.R. © Marta Dolores Albores Albores.
Cronista Vitalicia de la Ciudad

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>>> Continua del boletín anterior…

En esa época, en nuestras comunidades le temían a la brujería o sea que alguien les podía poner un mal en el cuerpo por medio de malas voluntades; para los niños chicos se temía el mal de ojo, que se cura barriendo al niño con hierbas y un huevo; después se debe cargar al niño, envuelto en un trapo; también existía el mal de enlechadura que se cura con purgantes o un poquito de leche de la madre, con un poquito de sal.

Se premiaba al que mata un animal dañino como el gavilán o el quebrantahuesos, que se comen a los pollitos; quien lo mataba, lo crucificaba en una cruz de madera y lo paseaba por todo el poblado, y en las casas le daban huevos en recompensa. En las cacerías si mataban un venado, se repartían la carne y quien lo había matado, tenía derecho a la piel y los cuernos.

Los sábados por la noche se repicaba en la ermita para rezar el rosario, entonado por las rezadoras del lugar, o cuando estaba la patrona con alabados cantados; y, al término del rezo, bailaban los jóvenes frente a la ermita con música de la marimba o de otros instrumentos propios de la comunidad, alumbrándose con grandes luminarias de ocote.

Con la llegada del agrarismo por los años de 1935, se fueron acabando estas costumbres. Los ejidatarios dueños ya de sus tierras, dejaban al patrón nada más la casa grande y una pequeña propiedad; ya los mozos no querían trabajarle, mientras algunos peones viejos seguían respetándolo; pero la mayoría se consideraba igual a ellos y se acabó la sumisión y el respeto. La casa grande ya no era el lugar para ir a dar servicio; “si querían, que pagaran”; y así muchos hacendados dejaron abandonada la propiedad, otros vendieron con los mismos ejidatarios o a otras personas; y, así, la casa grande, a la que siempre fueron sumisos a servir o a pedir ayuda, se fue convirtiendo, en algunos lugares, en la casa del ejido, otras en la escuela; pero, la mayor parte, la dejaron destruir... Como que un rencor hacia ellas les hizo dejarlas acabar; y, así, esas fincas se fueron convirtiendo en colonias con nombres de revolucionarios o héroes de la patria o nombres que significan triunfos y adelantos, así tenemos El Triunfo, La Patria, La Esperanza, El Progreso, Plan de Ayala, y otros más...

>>> Continuará

AROMAS Y SABORES DEL COMITÁN DE ANTAÑO
Derechos Reservados. Julio de 2002
D.R. © María Antonia Carboney de Zebadúa

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>>> Continúa del boletín anterior

Frente al fogón había un molendero de madera sobre el cual descansaba el pesado metate, objeto indispensable para moler toda clase de sustancias, desde la masa para hacer las tortillas o los tamales, hasta chile ancho, canela, cebolla, tomate, pimienta, clavo, ajonjolí, orégano, tomillo y un pedazo de pan tostado para convertirse después en una masa compacta que servía para hacer un buen mole. Muchos años tuvieron que pasar antes de que saliera al mercado un práctico molino casero, de marca “Corona”, del que muchas amas de casa, al adquirirlo y quedar instalado en la mesa de la cocina, salieron beneficiadas, ya que en él podía molerse, además de otros productos, el café en grano que era tostado en casa. Junto al molendero estaba el estante, lugar de todos los utensilios que servían para el desarrollo culinario; y colocados en fila, con su nombre correspondiente escrito a mano en un burdo papel y pegado con cera cantul, pequeños frascos de vidrio con las especias con que sazonaban los guisos.

Para conservar los alimentos, a falta de otra manera mejor, se utilizaban unos amplios canastos que, a su vez, pendían de cuerda atadas a una de las vigas del tapanco. Allí eran colocados: el pumpo con tortillas sobrantes, la olla con frijoles, trozos de carne aderezados con sal y vinagre para cocerlos al día siguiente, algunas hierbas de olor y hasta el recipiente con la leche, tapándolos muy bien con una amplia servilleta, a fin de librarlos del alcance de los gatos y otros bichos.

Como ya se asentó en líneas anteriores, ciertos platillos eran elaborados en días especiales, de onomástico o cuando eran invitados a comer en casa algunos familiares o amistades. En esas ocasiones, la señora se esmeraba en preparar las exquisiteces de su recetario y, en consecuencia, era muy bien retribuida en halagos por su excelente trabajo. No podía faltar, de postre, el elaborado dulce de marquesote con leche, azúcar y canela, rociado de pasas o los encurtidos de fruta, acompañados con una copa de mistela.

>>> Continuará en el siguiente boletín

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