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Boletin 134 5

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
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PAGINA 5

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Seis No. 134
1a Quincena de enero de 2002
Fam. González De la Vega

UNA MUJER CON ORO EN EL CORAZON (2/3)
Derechos Reservados. Enero de 2002
D.R. © Doña Tony Carboney de Zebadúa

 

 

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>>>Continua del Boletín anterior ...

En lo que al arte culinario se refiere, de la Nana saboreamos siempre sus muy variados guisos, su buena sazón y buen gusto. El tradicional cocido, con sopa de arroz, carne de res y variedad de verduras: chayote, cueza, camotillos, palmito, jilotes, elotes, calabacitas, tzolitos, zanahoria, canipes y plátano macho. Platillo que se convirtió, por su bajo costo, en el cotidiano de todas las familias, agregando otro al que llamaban “principio” para completar la comida. Hacía también tzejebes, memelas y, para chuparse los dedos, unas ricas pellizcadas, calientitas, rociadas con salsa de tomate verde.

En el sitio de la casa, como todas las de esa época, había árboles frutales, entre ellos: durazno, lima de pechito, limón, naranjita agria y uno pequeño de hojas de momón, de las cuales la nana hacía “patzitos”. La hechura de éstos era semanal y variaba según el gusto. Unas veces eran de anís, otras de chipilín, de manjar o pitaules.

Las muchachas que trabajaban como criadas en los hogares, regularmente provenían de alguna ranchería, de la montaña, de alguna aldea apartada o, incluso, habitante del rancho de los que eran sus patrones. Muchachas sencillas, ignorantes en muchos aspectos de la forma de vida en la ciudad, la manera de vestirse, la clase de comida y otros menesteres. Ignorancia que muchos patrones o hijos de éstos aprovechaban para seducir a aquellas, para después, enterada y escandalizada la esposa o madre, sin miramientos echaba a la calle a la pobre víctima.

No era una regla generalizada. Las había más listas, desenvolviéndose bien en su nuevo techo, trabajando con ahínco, sencillez y abnegación, como si ese fuera su destino de por sí. Con paciencia desempeñaban los quehaceres encomendados, sin alterar o modificar los cánones establecidos.
Tal fue el caso de Cuca. Su paciencia no tuvo límites jamás, desempeñando su trabajo cotidiano de sol a sol, y si algún mandado u otro asunto había qué hacer más tarde, salía a flote su paciencia y lo hacía sin chistar. Cuando me ponía enferma, ella personalmente llevaba los alimentos a la cama, o hacía un tecito preparado con esmero, cuando mamá me había dado purgante para las lombrices. Lo mismo ocurrió aquella vez que tuve sarampión, o cuando años más tarde tuvieron que quitarme las anginas, ella, junto con mi madre, permaneció sentada en los pies de la cama, siempre solícita para lo que se ofreciera. Empero, donde su paciencia llegó al máximo, fue cuando tuve la mala suerte, como a todas nos sucedió en la escuela, que alguien con piojos me los trasmitiera; y aunque mamá me untaba una maloliente pomada para eliminarlos, la buena nana, tarde tras tarde, una vez concluido su quehacer en la cocina, me quitaba las liendres, sentadas ambas en un banco de madera, allá en el traspatio, alejadas de miradas indiscretas.
La convivencia, el trato continuo y la confianza que esto genera, dieron pie a varias anécdotas de las que ella y yo fuimos protagonistas. Como aquella ocasión en que involuntariamente le quemé la boca. Fue una tarde que se quejó conmigo de dolor de muela; y para subsanar éste, me allegué a la recámara donde mamá guardaba las medicinas, en la gaveta del buró, tomando el frasquito que contenía tintura de yodo. Volví a la cocina, indicándole a Cuca que abriera la boca para ponerle la medicina, que según yo, era la indicada. Pero con tal mal tino que el líquido se fue de chorro, provocándole una quemadura en toda la boca, como si hubiese tomado chocolate recién salido del fuego, pues el yodo era extracto, muy fuerte e impropio para heridas de la boca por ser ésta tan sensible; pero en mi afán de ayudarla, no medí las consecuencias, agregándole otro mal, sin remediar el anterior.
La de aquella tarde cuando se encontraba planchando. En determinado momento hice acto de presencia, distrayéndola con mis juegos y, en consecuencia, olvidara momentáneamente el planchado, ocasionando que la prenda se chamuscara. Menos mal que ésta fue una sábana; quitándole el pedazo se pudo remediar la avería.
Aquella otra, cuando acudimos temprano al molino de nixtamal. Salimos de la casa llevando Cuca el maíz en una pequeña olla, colocada sobre su hombro - costumbre muy singular de las sirvientas para llevar las cosas -. En la madrugada de ese día salió bastante tzizim, como ocurre todos los años en el mes de mayo. En determinada calle vimos muchos de estos bichos arremolinados en un agujero y ella, queriendo satisfacer mi curiosidad por tener uno en mi mano, se agachó para tomarlo, sin medir las consecuencias, ya que al hacerlo, se volcó el maíz en el suelo, provocándonos un susto fenomenal, pues no hallábamos la forma de remediar tan insólito percance. Olvidándonos de los tizimes, recogimos de prisa el maíz y al llegar al molino solicitó al dueño un poco de agua para lavarlo. Pasado el susto, regresamos a la casa sin decir una palabra a nadie, compartiendo ambas el secreto.


>>>Continuará

 
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