Joomla ServiceBest Web HostingWeb Hosting
Tenemos 53 invitados conectado
Home Año6 2002
Buscar

Boletin 134 4

Derechos Reservados.
D.R. ©1974-2002
González De la Vega
Comitán, Chiapas
Tel y Fax: (9) 632 02 00
Email: Editor del Boletín
Publicación quincenal 
Distribución gratuita.
Tiraje: 1,500 ejemplares
encabezado_boletin

PAGINA 4

Publicación sobre el pasado, presente y futuro de Comitán y la Región Fronteriza de Chiapas ®
Año Seis No. 134
1a Quincena de enero de 2002
Fam. González De la Vega

EL SEMBRADOR

Derechos Reservados.
Enero de 2002
D.R. © Profr. y Lic. José Luis González Córdova

wjoseluis

Regresar al Contenido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Regresar al Contenido

Cuenta la historia que un rico hacendado, celebraba Acción de Gracias por su abundante cosecha, cuando acertó a pasar por ahí el Maestro con su cuenco de madera, pidiendo limosna.

Tal y como hacen los ricos de nuestra tierra con los mendigos, el potentado aquel regañó al humilde limosnero incitándolo a sembrar para que pudiera cosechar y comer y a “dejar de andar dando sus lástimas por doquier”.

El menesteroso le contestó: “Yo también labro y siembro y después como”. ¿Pero pretendes ser tú un labrador? -Replicó el cosechero- ¿Dónde están tus bueyes, la semilla, el arado? El Maestro le contestó: “la fe es el grano que yo siembro; las buenas obras son la lluvia que fertiliza; la sabiduría y la modestia son el arado; mi espíritu es la rienda que guía; mi mancera es la ley; el celo es aguijón del que me sirvo, el esfuerzo es mi buey de tiro”.

Con esto el Maestro quiso decirle al rico hacendado que “no sólo de pan vive el hombre”, de nada sirve tener mucho si no tienes con quien compartirlo. Con el dinero no se adquiere una sonrisa o una caricia nacida del corazón. Fue entonces que el poderoso aquél quiso callar las sabias palabras del Maestro, comprando su silencio y su perdón, porque no sabía hacer otra cosa, le ofreció mil pesos.

El Maestro los tomó y le preguntó: ya que me das mil pesos ¿con cuánto te quedas tú? Con muchos otros miles, contestó el rico. ¿Y después acumularás más? ¡Claro que si! -respondió el poderoso- Entonces no puedo aceptar tu ofrecimiento -dijo el Maestro-. No está bien que un hombre rico reciba nada de un hombre pobre. -No entiendo, replicó el rico-. El Maestro le explicó. Como no tengo nada, no deseo nada. Tú tienes mucho y aún deseas más. Ten por seguro que el hombre que desea más cosas es más pobre que aquél que se siente satisfecho con lo poco que tiene. Mira las aves del campo, no siembran, no viven en palacios, pero Dios le da de comer. Su canto es simplemente hermoso, porque no lo tienen preso en papel pautado. Su trino es una forma de darle gracias al Señor, por su libertad, su alegría y su canto.

El rico hacendado, un poco molesto porque sentía que no podía discutir con aquel anciano pordiosero, le hizo una pregunta que de antemano sabía no podría contestarla el Maestro: ¿Dónde está el Dios del que tanto hablas?, si como dices, es un hecho que existe, ¿podrías mostrármelo? ¡Imposible! -contestó el Maestro- ¿Cómo pues, puedo creer en Dios si no lo puedo ver? El humilde limosnero lo condujo fuera. Era un cálido día de verano. Le dijo: mira el sol. -No puedo. -Respondió el cosechero- Si no puedes siquiera mirar el sol, que es un súbdito de Dios, ¿Te crees capaz acaso de mirar al propio Señor?

Tú no puedes pensar solamente en ti, debes sentir que los demás te necesitamos también; te diré: hace muchos años, un pobre anciano sembraba nogales, alguien le dijo: ¿Cómo es que a su edad se dedica a sembrar árboles? ¡Tenga por seguro que no vivirá lo suficiente para consumir sus frutos! El anciano respondió apaciblemente: “toda mi vida he comido nueces de árboles que nunca sembré. Que los míos rindan frutos para quienes me sobrevivan”.

El maestro vio, como los ojos de aquel rico terrateniente, se agrandaban por el asombro que le producía la sapiencia de aquel andrajoso anciano, quien siguió diciéndole: deja que la esencia de la bondad se derrame para el bien de tus hermanos. No seas de aquellos que piensan que nadie te da nada a cambio de nada, de los que, de una u otra forma se cobran los favores. Debes hacer las cosas por el simple hecho de hacer el bien, no busques recompensas ni hagas lo que pueda producirte remordimiento de conciencia. Actúa con benevolencia, trata bien a tus empleados, con humildad, dales lo que merecen, lo que han ganado con el sudor de su frente y verás que tu dicha no depende de condiciones ridículas y mezquinas. El campo de cultivo más fértil está dentro de ti, tú eres la mejor semilla y la mejor cosecha.

Así es hermano hacendado, no necesitamos ser pobres para saber pedir, ni tenemos que ser ricos para poder dar. Necesitamos merecer... para recibir, requerimos recibir, para tener, debemos tener para dar, tenemos que dar para obtener. ¡Y así, el que no tiene... tendrá! Y quien ya tiene... más obtendrá. Habitamos un mundo espléndido en el que todo y todos tienen algo que ofrecer. Los árboles dan, los ricos dan, la tierra da, el sol, las estrellas y la luna dan. ¿De dónde pues, esa ansiedad por tomar, recibir, amasar, juntar, acumular sin dar nada a cambio? De qué te sirve el dinero en el banco, si tienes que pagar para que te lo cuiden. De qué te ufanas si todo te es dado: la tierra para sembrar, el agua que cae del cielo, la semilla, la salud y el trabajo. Todo te lo da el Señor. Y Él, que es el verdadero Maestro nos ha enseñado que todos tenemos algo que dar, no importa si somos pobres o ricos. Podemos ofrecer pensamientos agradables, dulces palabras, sonrisas radiantes, conmovedoras canciones, una mano firme y tantas otras cosas que alivien a un corazón herido. Más que dinero, lo que el mundo necesita es amor y simpatía.

Algún día los ricos del mundo, los poderosos del Vaticano, se darán cuenta, que de nada sirve que estén dentro, si los pobres están fuera. Dios quiera que cuando lo hagan no sea demasiado tarde. Cuando ya el hombre haya contaminado la última gota de agua, matado el último pez y quemado el último árbol, entonces, -solamente entonces- el hombre se dará cuenta que el dinero no puede comerse.

Bueno hermano hacendado, creo que ya he sembrado la mejor semilla en ti, solamente tienes que abonarla buscando a Dios. Aún en los momentos más difíciles, cuando sientas que Él te ha abandonado, como lo creyó su hijo cuando estaba en la cruz de El Calvario, no desmayes, no renuncies, sigue buscando porque Él es el camino. Mira aquellos labriegos que aran la tierra, los hay de dos clases: unos lo son de nacimiento; sus antepasados lo han sido desde siempre.

Estos aran la tierra aunque no llueva por años y no obtengan cosecha alguna. Llega la hambruna y la sequía parece interminable; aun así no desaparecen y no abandonan sus campos. Pero hay otros agricultores, que solo se dedican a este tipo actividad con el solo propósito de obtener ganancias.

A estos les basta una sola temporada de sequía para descorazonarse. No busques en la tierra solamente el grano que llene tu cuerpo, sino el alimento que satisfaga tu alma. Yo te pongo en la senda, tú debes buscar el camino. Y aún cuando no encuentres nada, vuelve a buscar, y si regresas con las manos vacías, no desesperes, siempre habrá una luz al final del camino que ha de decir:

YO SOY LA VERDAD Y LA VIDA ETERNA.

 
-