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Home Año6 2001 Boletin 130
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Boletin 130 4

Expresiones de nuestra comunidad

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NON EST MORTUA, SED DORMIT
Derechos Reservados. Noviembre de 2001.
D.R. © Profr. y Lic. José Luis González Córdova

Con dedicatoria para la Profra. Hilda Riveros Aragón

Sonó el timbre del teléfono, ¿sí? ¡Ven, acaba de morir! Estas palabras sonaron en mis oídos como verdaderos truenos. Un zumbido ensordecedor imposibilitó cualquier intento de palabra que quisiera filtrarse al interior de mi cerebro. Me invadió una horrible atonía y el mundo dejó de latir por mis venas. Nada, nada tenía más importancia en esos momentos para mí, que el de querer volar para estar a su lado. Nadie podía sufrir más que yo; me inundó la insensibilidad.

Me reproché a mí mismo por no haber estado a su lado, porque sólo yo sabía, que desde que los doctores perdieron toda esperanza, yo pedí a Dios que me permitiera estar con ella en los mismísimos instantes de su partida; tenerla en mis brazos cuando llegara el estertor de la muerte y exhalara el último aliento de vida que le quedara.

Cuando llegué, el cuerpo ya estaba amortajado. Su rostro mostraba cierta paz y serenidad infinitas. Parecía que la muerte había borrado toda huella de sufrimiento; y vaya que el dolor se había hecho presente en esos días.

Hacía aproximadamente 15 días que la enfermedad había dado su primera dentellada con homicida furia. Un dolor lacerante le penetró las entrañas. Los doctores hicieron mil conjeturas, no había mucho para escoger, el sufrimiento de la paciente apremiaba. Los exámenes indicaban que todo estaba normal. Que por la edad de la paciente esos síntomas eran normales. Que por la vida sedentaria que llevó, era normal que los intestinos no funcionaran normalmente. Total, que era la primera vez que yo escuchaba que alguien se moría de “normalidad”. El dolor era intolerable y la situación desesperada: debemos operar urgentemente. Los parientes más cercanos fuimos consultados; a ella también se le preguntó. Todos estuvimos de acuerdo, la cirugía era inevitable. El médico más experimentado dijo que las posibilidades de éxito eran casi nulas, la edad avanzada de la paciente era el principal obstáculo. Esas noticias hicieron sentirme como aquellos animales perseguidos, que estando acorralados ya no oponen resistencia y esperan sumisos el golpe final. Ya no tuve reacción; la resignación es algo que aparece en esos momentos y a la cual no quisiéramos darle cabida. Uno sabe que va con todo y contra todo, pues es una lucha a muerte.

El reloj y su horrible tictac marcaban la línea de entrada a la antesala del traslado final. El dolor era continuo, lo inundaba todo. La negativa a comer y las náuseas frecuentes iban marcando el desenlace final. Los médicos la mantenían sedada; cuando volvía de aquel sueño provocado, murmuraba unas débiles y mansas palabras; se le daban líquidos y otra vez decía, quiero descansar; y, una nueva inyección... Silencio, sombra e inconsciencia eran antesala de la tumba; todo se paralizaba en rededor de aquella bella durmiente que tenía una cita ineludible. Entonces es que la desesperanza va minando tu espíritu de lucha y te invade el deseo de que el final sea rápido. ¿Para qué prolongar un dolor sin esperanza? Es piedad acortar la agonía. Es piedad taponar, de una vez por todas, la herida que está sangrando incontenible.

Los silencios cada vez más largos y frecuentes anticipaban el gran silencio. ¡Silencio por los siglos de los siglos! ¡Qué tortura presenciar la muerte espiritual, que antecede a la física! Los analgésicos de dosis altas son más y más frecuentes; y con ellos se va desintegrando lo que queda de la personalidad. En un momento de lucidez pudo decirme en un susurro de voz ¡Tengo miedo! a alguien se le ocurrió traer al cura para que le suministrara los sacramentos de los moribundos. Ella lo agradeció con una leve sonrisa.

Mis rebeldías en contra de las divinas decisiones me hacían sentir vergüenza. Ella aceptaba cristianamente su sentencia.

Así pasaron los días, entre callados llantos y pequeñas sonrisas por algún ligero alivio. Hasta que llegó el momento final en que el alma y el cuerpo debieron separarse con infinito dolor.

Sólo fueron unos cuantos minutos los que me separaron del momento de su partida. Cuando llegué sus manos estaban calientes. Rápido apliqué mi oído a su pecho para confirmar lo que mis ojos ya veían. Sí, su corazón ya no latía. La besé larga y religiosamente. Le susurré al oído que allí se habían acabado sus miedos. Que a partir de esos momentos todo sería gozo, luz y eternidad.

Después de poner un crucifijo en sus manos y de acariciar por última vez su cabecita cana, levanté su delgado cuerpo para depositarlo en el féretro. La vi preciosa; la muerte le había devuelto la hermosura que la enfermedad poco a poco le había arrebatado. Fijé mi vista sobre su rostro, intentando perpetuar entre los escondrijos de mi mente aquella imagen. Quería estar seguro que fuera la misma cuando de nueva cuenta nos encontráramos en la otra vida.

Una y otra vez me repetía NO ESTÁ MUERTA, SÓLO ESTÁ DORMIDA, pues no era otra cosa lo que revelaba su semblante. Mi cerebro maquinal y calculador marcaba la distancia, pero mi corazón iluso, no aceptaba el principio de la eterna ausencia e insolente se negaba a acatar la sentencia de eternidad que dictaba el juez, al exigir la estricta entrega de cuentas, y evitar así, que algo quede oculto para vergüenza y confusión.

Quien quiera que haya vivido, me dije, no puede estar seguro de no haber pecado alguna vez. Por eso el que se encuentra en las postrimerías de la vida, sólo sabe pedir perdón para el pecado de la carne; esa carne que nace sin saber cómo y por qué; y vive ciega titubeando en las sombras sin encontrar la verdadera luz; que peca porque es barro; que aspira a eternidad porque tiene una chispa de espíritu, pero que no llega a saber ni a penetrar el enigma...

Entonces yo supliqué: ¡Señor, si no puedes darle la gloria, concédele el eterno descanso! Acuérdate dulce Jesús, que por ella padeciste pasión y muerte; recuerda cómo perdonaste a la pecadora y al ladrón. Tú que te diste en un prodigioso acto de expiación y holocausto por la salvación de tus hijos, te pido que la tomes en tus Santas y Misericordiosas Manos.

Alguien empezó a cantar “Hay que morir para vivir...” Otra vez vinieron a mi mente aquellas postreras palabras “Todo está consumado”.

 

comita9

 
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