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Boletin 128 6

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LA ORACION
Derechos Reservados. Octubre de 2001.
D.R. © Dr. José Eduardo Gómez Moreno

En un paraje solitario, muy cerca del pueblo, vivía doña María. Su cuerpo encorvado, el cabello blanquecino todo alborotado, la cara con múltiples arrugas, enmarcaban un ojo ya sin luz; el otro, le brillaba con intensidad, de un color negro profundo; es decir, tenía esa monstruosa belleza de quien ha vivido demasiado. La boca sholka (sin dientes), recogida en una mueca de fruición, le daba una característica muy especial al verla.

Su casa constaba de tres cuartos. La cocina era la más grande, allí tenía un fogón casi en el centro, hecho de piedras, rellenado de ceniza; en la parte central, tres enormes piedras sostenían un inmenso comal para echar las tortillas; alrededor varias ollas de barro contenían alimentos, así como los productos que elaboraba para sus curas ya que toda su existencia se había dedicado al oficio de curandera. En un rincón a la derecha, tenía un pequeño altar donde se confundían las imágenes de los santos, así como piedras talladas representando a sus dioses antiguos que ella veneraba; flores frescas en abundancia, el olor a incienso se confundía con el humo intenso. Alrededor del fogón se encontraban varias pequeñas sillas. En una de ellas cabeceaba la curandera.

De pronto, unos toquidos demandantes rompieron su tranquilidad. Con paso cansado acudió abrir la puerta de calle, encontrándose dos rostros con un rictus de miedo y ansiedad. En brazos llevaban el cuerpo de un adolescente, con la piel toda pupusa (amarillenta), los ojos en blanco y abundante espuma por la boca.

- ¡Por favor doña Mary!, mi hijo se muere, atiéndalo por caridad.

La curandera se hizo a un lado.

- Llévenlo a la cocina-, contestó, cerrando la puerta fue tras ellos... - ¿Qué le pasa?. La madre le dijo:

- Desde hace dos años le dan ataques, está todo trashijado (no come), tembelec (sin fuerza), se le saltó el mushuck (ombligo), está todo turulato (desconcentrado), muy gutz (triste), le dan ataques cada vez que la luna está maciza (llena); ¡ya no sabemos que hacer!. Doña María, dijo:

- Vamos a iniciar su curación, pero deben tenerme confianza y cumplir con todo lo que yo les diga.

Dicho esto, sin esperar respuesta, desvistió al adolescente, agarro un leño de roble que rezumaba espuma, le untó el ombligo, después le esparció en todo el cuerpo aceite de los siete espíritus; y dirigiéndose a los apenados (afligidos) padres, comenzó a explicarles en qué consistía la forma de lograr la curación. Mencionando números cabalísticos:

- Tres, siete, nueve, trece… todas las curaciones serán en forma progresiva.

Dicho esto, preparó un huevo de gallina culeca (en celo), se lo pasó por todo el cuerpo al enfermo, agregándole pimienta, chile crespo y ruda, lo envolvió en un paliacate y lo amarró en forma cruzada sobre el pecho para que quedara en la axila izquierda.

- Por hoy es todo, los espero mañana. Mientras tanto voy a pedirles a mis ayudas que me aconsejen.

Esa misma noche, la curandera dejó en una vasija agua con pétalos de rosa de castilla, para que le diera el sereno; cortó unas varas de chajac y, girando hacia los cuatro puntos cardinales, pidió a los espíritus de la noche le iluminarán para poder curar al enfermo.

Al otro día, muy temprano, llegaron los padres con el enfermo introduciéndose rápidamente a la cocina, donde doña María murmuraba oraciones.

 

 

 

 

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- Desnúdenlo-, ordenó, - déjenlo aquí en esta batea, lo vamos a bañar con leche de burra, por si está espantado-. Dicho esto empezó el baño, el olor a ruda era muy fuerte, posteriormente lo limpió con el agua de los pétalos de rosa de castilla y lo envolvió en una sábana blanca. El enfermo se quedó dormido fulminantemente. Utilizando las varas de chajac en número de nueve, lo rameó diciéndole:

- Vení, no te quedés-, para quitarle el espanto. - Nos vemos mañana muy temprano para continuar, hoy a las doce de la noche voy a preparar lo que necesitamos con mis ayudas.

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Al siguiente día, llegaron tarde, porque el enfermo había presentado nuevas convulsiones; su rostro reflejaba desesperanza y terror. Doña María les dijo:

- Hoy es luna llena, esta maciza; por eso presentó estas convulsiones. Pero con mis ayudas ya preparamos el remedio, manteca y alcanfor porque creemos que es empacho.

Empezó a untarle la mezcla en los goznes (articulaciones). El paciente gritaba de dolor…

- ¿Ya vieron?, es que le estoy deshaciendo los nudos que se le hicieron en los nervios-. Al terminar les dijo:

- Quítenle el calzón (pantalón), le vamos a dar su chocolate con una cucharada de manteca para que expulse la suciedad que tiene en el cuerpo.

El pobre enfermo al tragar dicho menjurje (bebedizo) intentó salir corriendo al traspatio, pero el efecto fue instantáneo, evacuando en la misma cocina, expulsando trece enormes lombrices… la curación se había logrado.

La curandera envuelta en los humos que despedía el copal, oraba pidiendo poderes para sus curaciones. Fue interrumpida por escandalosos toquidos. A gritos, una mujer le decía:

- Doña Mary, aquí le traigo a mi chiquitío (pequeño), ayúdeme tiene muy grande la timba (abdomen), está inflado.

Lo recostaron en una banca, el único ojo de la curandera se posó en el abultado vientre, pasándole unas ramas de chilca para sacarle los malos espíritus (fluidos), tomó unas hojas de higuerilla blanca, le untó manteca y se lo amarró al abdomen para sacarle el calor del vientre. Las hojas se tostaron, el niño empezó a sentirse mejor.

Don Javier llegó por la tarde, casi caminaba doblado, penetró a la cocina de doña Mary.

- ¡Por favor ayúdeme!, me pegó un aire cruzado en la cintura (lumbalgia).

- Ahorita lo curamos.

Preparó una moneda de cobre (de a veinte centavos de los de antes), le puso un pedazo de vela, lo encendió y lo colocó en la región del dolor. Enseguida, lo tapó con un vaso de cristal, la combustión produce una reacción en la piel que se levanta y se enrojece, lo fue cambiando de lugar con el mismo procedimiento.

- Estas ventosas lo dejarán como nuevo, le decía la curandera.

Al otro día muy de mañana llegó doña Elvira con su pequeño hijo.

- Mire doña Mary, no sé que le pasa a mi Ramón, esta muy entelerido (triste, delgado), todo le puede (le molesta), está muy bilioso (enojón), se asusta (miedo) de todo, está tan tilico (flaco) que ya me da pena.

- Ahorita veremos que le pasa; que se hinque aquí en el centro-. Prendió dos velas y le puso una en cada mano, le paso un huevo de gallina negra por todo el cuerpo mientras murmuraba oraciones inaudibles.

- Ahora pon las velas frente a ti, toma el huevo entre tus manos y lo soplas tres veces; me lo entregas, cualquier enfermedad que tengas, va a salir en la yema del huevo al partirlo.

De esta manera transcurría la vida en este rincón del pueblo, en el que vivía la famosa curandera, entre misterios y brujerías, que se han ido olvidando, a través del tiempo…

 
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