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Boletin 103 5

Expres15

UN SUEÑO DE AMOR. Parte 1 de 2.
Derechos Reservados. Septiembre de 2000 .
D.R. © Lic. José Luis González Córdova

Cuántas cosas pasan por la cabeza de una mujer cuando Dios la ha premiado con el bendito don de ser madre. Las emociones son fuertes, su mente se llena de ideas positivas y en su corazón florece toda clase de sentimientos.

Para Martha la vida no había sido fácil, desde niña tuvo que sufrir el infierno de tener padres alcohólicos, los cuales nunca le brindaron el cariño necesario; y sí, por el contrario, desde niña la obligaron a trabajar para aportar fondos económicos al sustento del hogar y al vicio de sus padres. Transcurrido el tiempo, el reloj biológico de Martha le indicó que ya era hora de hacer su propia historia de amor, encontró un buen hombre con el que decidió unir su vida y buscar así compensar la falta de amor de su infancia. Martha esperó con ansiedad el diagnóstico del médico, los minutos fueron eternos, hasta que por fin escuchó la voz del galeno: “de acuerdo con los exámenes practicados, señora, usted será mamá dentro de algunos meses, para lo cual le recomiendo seguir mis instrucciones mes a mes para que todo salga bien”.

Desde ese día Martha sentía mariposas en las entrañas, y los duendes del amor rondaban su cabeza. Todo el día era tocarse el vientre y hacerse cien veces la misma pregunta ¿cómo será? ¿será mujer? ¿a quién se parecerá? Si es niña que se llame Ana María, si es hombre que se llame como su papá.

Así transcurrieron los días, las semanas y los meses, hasta que por fin llegó el tan ansiado momento, el bebé debía nacer en unas horas más, todo estaba normal. El tiempo transcurría entre sudores, dolores intensos pero efímeros y risas, eso sí, muchas risas. Se sentía el ambiente de alegría. La parturienta buscaba en los ojos del esposo la fortaleza espiritual de esos momentos. El nervioso padre esperaba descubrir en el rostro del médico cualquier gesto, mueca o sonrisa que le diera confianza. Y todos los presentes miraban con urgente necesidad la imagen de un Cristo crucificado en la cabecera de la cama. Por fin la madre naturaleza anunció que ya era tiempo. Los dolores eran continuos, la paciente fue conducida al quirófano, no sin antes haber recibido un último beso de su esposo, y un apretón de manos, con el que sin decir palabras le dijo “todo va a salir bien”.

Los minutos siguientes pasaron lentamente, todo parecía normal, el silencio se hizo más espeso como presagiando la novedad. El llanto de un niño llegó clarito a los oídos de todos, las caras reflejaron alegría y los ojos se fijaron en la puerta por donde debía aparecer el cirujano. Luego de algunos minutos, el médico salió de la sala de operaciones y con voz segura dijo: “felicidades señor es usted padre de una hermosa niña”. La madre está bien, pero necesito hablar en privado con usted, venga, vamos al consultorio. El nervioso padre se sentó frente al escritorio, el médico tomó aliento, queriendo ganar algunos segundos para buscar las palabras adecuadas para que no dolieran mucho. El ambiente se hizo tenso, las manos sudaban, las miradas preferían no encontrarse. El médico aunque quiso darle calidez a sus palabras, de su boca salieron témpanos de hielo. Señor, excepto la muerte, no hay nada que la ciencia no pueda solucionar, sólo es cuestión de tiempo, su niña nació con un problema en la cadera y tendrá que ser sometida a una serie de intervenciones quirúrgicas reconstructivas a lo largo de su infancia y quizá de su juventud.

Llegado el momento, los padres abandonaron el hospital llevando en brazos a aquel inocente ser, pero también con la resignación en la espalda y con el coraje de luchar contra la adversidad. Sentían que juntos nada los podría vencer. Este fue el inicio de una serie de sufrimientos, la vida transcurría entre salas de operaciones, terapias de rehabilitación y visitas semanales al templo, para suplicarle al buen Dios que se apiadara de aquella niña y su dolor.

Los cirujanos hacían todo lo posible, la ciencia estaba de su lado, pero la suerte, no. Conforme crecía la niña, las esperanzas se desvanecían, todo parecía indicar que la vida transcurría pegada a unas muletas. Llegó el momento en que debía ingresar al jardín de niños. Las maestras aunque con poca experiencia en la atención de un niño discapacitado, siempre aportaron lo mejor de sí para cuidarla. Ellas descubrieron que la niña también tenía un problema renal, no controlaba los esfínteres y tenía que usar pañal. Todos comprendían y aceptaban la situación especial, algunas veces la niña no acudía a la escuela por sentirse mal, sobre todo cuando hacía frío, otras veces la estancia en la escuela era un verdadero suplicio, pues había que cuidarla de los demás niños para que no la fueran a golpear o a decirles cosas hirientes.

La educación primaria no cambió demasiado la situación, así llegó la educación secundaria. La niña ya tenía catorce años, las operaciones continuaban, los dolores también. La angustia y la desesperanza empezaban a hacer mella en el ánimo de los padres. La niña dudaba ya de la ciencia del hombre y se refugiaba cada vez más en las silenciosas plegarias al Creador, sin reproches y con resignación. A la par del doloso transcurrir del tiempo estaba presente el fascinante mundo de la ilusión, a los catorce años la vida es igual de hermosa, la niña soñó con ser presentada en sociedad, no había razón para no ser igual que sus amigos y compañeros de estudios, quería sentirse aunque fuera por un día o por unas horas el centro de todas las miradas, de todos los comentarios, por eso pidió a sus padres la complacieran con una gran fiesta de quince años.

El médico dijo: “es momento de hacer una nueva operación”. La niña, con voz tímida y lagrimas en los ojos suplicó, que la operación fuese después de la fiesta de cumpleaños.

>> Continuará en el próximo boletín

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