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Boletin 100 5

Expres13

LA SELVA LACANDONA SE EXTINGUE
Derechos Reservados. Julio de 2000, E.V.
D.R. © Dr. José Eduardo Gómez Moreno

En 1990, cuatro amigos nos organizamos para viajar al corazón de la Selva Lacandona, partiendo de Comitán, pasando por Margaritas e internándose en un camino de terracería demasiado accidentado.

El recorrido nos hizo conocer pequeñas comunidades rurales habitadas en su gran mayoría por la etnia Tojolabal; los nombres resaltaban, por ejemplo, La Floresta, El Momón, Nuevo Momón, Artículo 124, La Escondida; las distancias eran enormes, la vegetación se hacía cada vez más exuExpres14berante, la vista se perdía en la inmensidad de esta selva, a nuestro paso encontrábamos parvadas de tucanes de diferentes tamaño, por lo más exóticos., que sobrevolaban los gigantescos árboles. El canto de la diversidad de aves era una melodía tranquilizante para los aventureros, el camino se dificultaba enormemente, la humedad reinante en estos parajes hacía brotar vida por todos lados. Sombras de un verde esmeralda se formaban al pasar los loros con su plumaje radiante, el multicolor de guacamayas.

La naturaleza nos regaló la presencia de un quetzal en su magnífico vuelo, pasamos a un costado de un pueblito llamado Guadalupe Tepeyac, adentrándonos cada vez más en la selva. Sobre el camino se atravesó un tigrillo perdiéndose con dos gráciles saltos en la vegetación, pequeños arroyos surtían de agua a todos los seres vivientes de la selva. En un paraje idílico por su belleza se montó el campamento, la tienda de campaña, con los sacos de dormir permitieron el descanso placentero; por la noche los ruidos característicos de los árboles arrullaban, miles de cocuyos iluminaban nuestro alrededor, cantos de búhos, sonidos misteriosos nos hicieron reconocer la pequeñez del ser humano ante la naturaleza, árboles inmensos de más de cuarenta metros de altura, daban sombras impresionantes.

Al amanecer, nos apresuramos a levantar el campamento. Era necesario el retorno, definitivamente, la selva es vida Pasaron los años y la nostalgia de esa aventura, en este año 2000, vino a mi recuerdo Ya no fueron los cuatro amigos, pero la inquietud continuó hasta programar esta travesía, así dos personas emprendimos nuevamente este recorrido. Al iniciar el camino de terracería, nos encontramos grandes cambios: las poblaciones aumentaron en tamaño y cantidad, con nombres diferentes; conforme fuimos avanzando la destrucción de la selva es inmensa, campos enormes sin siembras, ya no existe el canto de las aves, el ecosistema esta destruido, lo más triste es que cientos de hectáreas están desoladas por el fuego que las arrasó; cadáveres chamuscados de árboles muertos como mudos testigos, la tortura de los aserraderos no es suficiente para el hombre; ahora hay que exterminar la selva con fuego, ahí donde todo era vida va quedando un páramo estéril.

Nosotros los supuestos seres pensantes, estamos permitiendo su destrucción, pero la naturaleza es sabia y poco a poco nos cobra todo el daño que le producimos, el clima de Comitán y sus alrededores cambia, especies de flora y fauna se extinguen, el rey del universo llamado ser humano no puede o no quiere protegerlo, le importa más el usufructo rápido, sin importar las consecuencias. Tarde o temprano la naturaleza nos pasará la factura. En otros países se convive con la naturaleza se planea ecoturismo para salvar la naturaleza y dando empleo a quienes viven en estas áreas, ojalá exista la oportunidad de salvar nuestras riquezas naturales a tiempo; de lo contrario, el hombre también desaparecerá.

 

DESDE LA TRINITARIA

Derechos Reservados. Julio de 2000
D.R. © Luky Guillén de Alvarado

El señor Alfredo Espinoza, conocido como “Alfredo Catzeras” se enfermó y se fue a la Ciudad de México por un tratamiento muy largo, en aquellos tiempos en que un viaje a México D.F., era toda una odisea.

Durante su estancia en esa ciudad, le escribía muy seguido a su Tía Licha, la cual se ponía muy contenta con las cartas. En una de ellas le comunicaba el sobrino que ya estaba fuera de peligro, por lo que Doña Licha le dijo a su esposo que le diera permiso para ir a conocer la Capital. Su esposo desde luego hizo todos los trámites, para que Doña Licha se fuera y mandaron un telegrama al sobrino para que la esperara.

Para ir a México, tenía que irse a Tapachula para tomar el ferrocarril, y la Tía así se fue. Cuando llegó al D.F., le dijo a su sobrino que la sacara a pasear y él, de mala gana, la llevó por algunas calles. Pero apenas habían caminado unas cuantas cuadras, cuando vieron un pelotón de cadetes que, muy bien uniformados, se acercaban hacia donde ellos estaban.

La Tía Licha muy asustada le preguntó al sobrino por qué había tantos soldados en la calle y él, para espantarla le dijo:

 

- Ay tía, usted no supo antes de venir que estamos en momentos muy difíciles y que hoy va a entrar el enemigo, por eso van los soldados para enfrentarse.

- Ay hijito, por favor ya no quiero estar aquí... comprame mi boleto de regreso y dos frascos de vino Wanpole y me dejás en la estación.

 Y la Tía Licha regresó de inmediato.

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