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Boletin 081 5

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TODA UNA VIDA
D.R. © María Antonia Carboney de Zebadúa.
Comitán, Chiapas, Octubre de 1999

Desde que tengo memoria, siempre ha habido una sala de cine en nuestra ciudad para esparcimiento de sus habitantes y cumpliendo con el propósito por la cual fue creada.

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Décadas atrás nuestros abuelos y padres se maravillaron al asistir al “Piconni”, primer cine en Comitán, frente al parque central y así llamado por sus dueños, unos empresarios italianos. Posteriormente queda instalado el Cine “Olimpia” en la esquina que ahora forman la Avenida “Rosario Castellanos” y la segunda sur, quedando al frente de la administración el señor Rodolfo Marín. Esta misma sala era utilizada también para celebrar el baile anual del 31 de diciembre (datos proporcionados por la Cronista de la Ciudad. Doña Lolita Albores). Más adelante, frente al parque central también estuvo el teatro “Belisario Domínguez” el que casi fue destruido por aquel memorable incendio en 1940. A raíz de esta desgracia, por el lado norte fue inaugurado el Cine “Reforma”, administrado entonces por la señora María Orantes Vda. de Marín. Y es en esta sala donde mis primas, amigas y yo asistimos por vez primera a disfrutar de una película.

Tenía siete años y bien que recuerdo la cinta anunciada para la matineé de aquel lejano 16 de septiembre de 1942: “La edad de la inocencia” protagonizada por la actriz-niña Shirley Temple que tan famosa se hiciera a través de sus actuaciones y que a nosotras nos tenía cautivadas y en todo la imitábamos: en sus poses, ademanes, peinado y vestidos. Después del tradicional desfile, acompañadas por nuestras madres, hicimos acto de presencia en aquel recinto tan espectacular para nosotras. La película, obviamente, estaba hablada en ingles con títulos en español, que por la rapidez como pasaban en la pantalla se nos dificultó la lectura y, por consiguiente, no entendíamos muy bien la trama, pero a pesar de ello, quedamos encantadas con la famosa niña.

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A mediados de los años cuarenta el cine retorna a su lugar de origen una vez restaurado, ahora con una modalidad: función cotidiana por la noche, y los domingos, matineé, vespertina y noche. (Anteriormente las funciones eran solamente los domingos, mañana y tarde). Por esa época empezaron a llegar las películas con aquellas despampanantes rumberas: María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Rosa Carmina y Meche Barba, que posteriormente fueron desbancadas por la exótica “Tongolele”. El tema abordado en estas cintas era casi siempre de amores prohibidos, amor de la calle, dramas arrabaleros, sin faltar los bailes de las rumberas. Por obvias razones, en Comitán las familias conservadoras de ese entonces no acudían al cine, solamente los caballeros lo hacían para su solaz. Los tiempos evolucionan, transitan, y esas mismas cintas son exhibidas actualmente por la televisión sin que nadie se espante ya.

Debido a la proliferación de esta clase de films, en la ciudad de México se formó la famosa “Liga de la Decencia” que se caracterizaba en seleccionar dichos films. Según el criterio de quienes conformaban esa liga, a fin de moralizar a la sociedad. La clasificación era así: A = Buena para todos. B = Para niños y adolescentes. B1= Para jóvenes y Adultos. B2 = Adultos con criterio formado. C = Sólo adultos. C1 = Prohibida por la moral cristiana. C2= Fuera de clasificación por indecente. Esta lista podía consultarse en la entrada de la parroquia y todos teníamos la obligación de cerciorarnos a que letra correspondía la película deseada. Si no cubría los requisitos en A o en B, no había ida al cine.

Los niños acudíamos únicamente ciertos domingos a la matinée cuando los argumentos eran blancos e ingenuos como los de los cómicos “Chaflán “ y ”Cantinflas” . Sin embargo, hubo una en 1946 que no quisimos dejar de ver (A pesar de estar en B1), exhibiéndose en premier a las 9 p.m.: “¡Ya tengo a mi hijo!”, basada en un hecho real que había conmovido a todo México: el secuestro del niño Fernando Bohigas Lomelí, hijo de una acomodada familia de la capital. El secuestro fue realizado por una mujer del pueblo empeñada por obtener, no dinero a cambio, si no al niño como su hijo. De inmediato se movilizó el Servicio Secreto y al cabo de varias semanas de angustiosa espera por parte de la familia, se logró el rescate del infante. El argumento tuvo su gran dosis de dramatismo, quedando muy conmovidos los asistentes, sin dejar de soltar una que otra lágrima.

Otro cambio de nombre, ahora por el de Cine “Cristiani”, propiedad de la familia del mismo apellido, continuando la señora María en la administración. En los años cincuenta utilizábase la sala como teatro para realizar aquellas inolvidables veladas literario-musicales que año con año, en el mes de noviembre, representaban los integrantes de la Acción Católica y otras personas amantes del arte, a fin de recaudar fondos para la Navidad del niño pobre.

De esta forma, el cine cumplió su cometido y a todos nos convirtió en cinéfilos. (Varios señores – y damas también-, como a muchos nos consta, asistían a la sala casi todos los días no para ver tal o cual película, sino para dormir un rato, extenuados por el diario trabajo). Al no haber otra alternativa para divertirse más que el cine, dar vueltas en el parque y, -allá de vez en cuando-, un baile por la tarde, donde todos asistíamos con la familia, las amigas, los novios o en pandilla los de anfiteatro, que cuando por alguna circunstancia se interrumpía la cinta, ellos, iracundos, golpeaban insistentemente el piso con los pies, agregando gritos y silbidos para obligar a don Ricardo Saborío (técnico por varias décadas y quien, encerrado en un estrecho espacio, manipulaba los aparatos) a que arreglara la anomalía. En 1952 ocurrió algo insólito... Pero ésta será otra historia...

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